El amor de mi vida – Francisco Barata #RevistaDemencia

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Foto por Hans Eiskonen

Mi pasión por los autobuses urbanos me venía de niño. En la actualidad, es tal mi interés que me traslado a otras capitales para contemplar autobuses urbanos e incluso viajar en los modelos  más atractivos.  Pasaba unos días en Madrid, hospedado en un hotel con solera en Conde de Casal, por ser un enclave estratégico que permitía contemplar gran tránsito de buses. Llevaba rato en la contemplación de los buses que por allí pasaban. De pronto una visión me dejó atónito: hacia la parada donde me encontraba venía una maravilla, Tata Hispano, modelo Área, motorización híbrida, 86 plazas y envergadura de 12 metros. Sin importarme qué línea fuera ni a donde se dirigía,  subí.

Quedé impresionado por la dulzura de su frenado,  la suavidad con que abrió sus puertas y una vez dentro la belleza de su tapicería, la concreción en su distribución interior y cuando se puso en marcha, ¡ay cuando se puso en marcha!,  la sensualidad y el silencioso rugir de su motor me envolvió en una atmósfera de placidez. Sentí una comunicación sensorial entre mi cuerpo, mi mente y aquella maravilla de la mecánica. Cada parada me producía un placer indescriptible. La apertura y el cierre de las puertas, sus soplidos hidráulicos que semejaban un brioso corcel respondiendo con presta elegancia al mandado de las riendas del jinete.

Por primera vez en mi vida, sentía estar enamorándome hasta las trancas de aquel ingenio que para mí, ya tenía vida propia. Pasar las manos por el tapizado erizaba mi vello y el autobús respondía acelerando su marcha como si al sentir las caricias, entendiera mis sentimientos y me considerara parte suya. Ni cuenta me daba de las calles por donde transcurríamos, solo entendía como placenteros orgasmos cada parada y cada partida. Esos sensuales movimientos eran continuas y arrebatadoras cópulas que para ambos certificaban el culmen de nuestro nacido amor. Supe desde que le vi aparecer,  que aquella  criatura, sería sin duda, el  único amor de mi vida.

Siento que él también se estremeció con la misma sensación en el instante en que me abrió sus puertas, resopló, y me acomodó entre sus poderosos brazos, en su mullida y elegante tapicería. Aquello era demasiado arrebatador.  Sentía en lo más profundo de mi alma, en cada poro de mi piel, que nunca jamás podría vivir sin él. Estaría dispuesto a dejar toda mi vida para pasar hasta el fin de mis años paseando con mi amado autobús. Adivinaba que los sentimientos eran recíprocos, porque percibía su marcha cada más vez más airosa y sus resoplidos  sugerentes. Pero algo tan maravilloso no podría durar.

Observé, dada mi probada perspicacia, que la envidia corroía al conductor, pues algo tan profundo como lo que entre nosotros había surgido,  era imposible que no lo percibiera. Una mirada suya, de profundo desprecio, hizo que no advirtiera la inmediatez de un semáforo, que al enrojecer de vergüenza por la despótica ira del conductor, nos hizo colisionar con un furgón que ante nosotros paraba. El trompazo lastimó nuestros corazones pero las heridas materiales eran peores. El conductor bajó al comprobar los desperfectos de mi amado, sonrió con maliciosa crueldad. El cabrón  rompió el hechizo y dejó maltrecho a mi amado. De un salto descendí, contemplé con desazón y amargura los destrozos que en el bello cuerpo metálico de mi amado se habían producido, desperfectos que inundaban mis ojos de lágrimas, más sangrantes cuando vi el nacimiento de un gotear viscoso de sus entrañas.

Estaba perdiendo parte de  vida, gota a gota, entre aquella amalgama de hierros en que se había convertido su otrora desafiante frontal. Más retirado, el avieso conductor parecía sonreír malévolo mientras discutía con furibunda ira con el conductor del furgón que recibió el impacto que su pérfida maldad había provocado. Y, por momentos enfurecí de ira,  oyendo que el doliente empleado culpaba a mi amado del accidente, ¡achacaba la colisión a un fallo de sus frenos!

Aquello estremeció mis entrañas, mientras mi corazón rabiaba. El malandrín culpaba a mi amado de su error. No pude aguantar y gritándole, ¡mentiroso! ¡Fullero! ¡La culpa es solo tuya!, le solté tal guantazo que le hizo trastabillar hasta caer. Pero los hados me salieron rana, entre la hostia que le di y la caída, los municipales aparecieron viendo mi agresión. Se me acercaron pidiendo calma y apartándome del chofer comenzaron a preguntar con alguna brusquedad el porqué de aquella agresión. En mi ofuscación por la mezquina imputación realizada hacia mi querido bus no era capaz de articular palabras con alguna coherencia. Solo acertaba a emitir balbuceos sin sentido, “mentiroso”, “felón”, “bellaco”, “mentecato”. Entonces se levantó el aturdido malvado y  enloquecido por su insensatez, me zafé a empellones de  los municipales.

Los probos pero ignorantes de mi ira guardianes, intuían con estupor mi clara intención de arrearle otro sopapo al empleado de la EMT.  La intención se materializó y  volví a soltarle  mandoble, de tal calado, que me machaqué los nudillos. El alevoso volvió a besar asfalto. Airados los guardianes de la ley saltaron con felina agilidad sobre mí, tirándome al suelo para esposarme con exquisita profesionalidad, que yo intenté farfullante agradecerles, pero sin mucha atención suya. Con la misma profesionalidad con la que al levantarme en volandas del suelo,  esposado, uno de ellos me dio una colleja de buena calidad, sin pensar ni reparar en mi donosa prestancia, mi hidalguía de cuna y mi herido corazón. El pícaro y mendaz conductor gritaba cual poseso, “detengan a ese depravado, me ha estado acosando con gestos obscenos todo el trayecto, es un loco, un sarasa avejentado y violento”.

Cuando iba a contestarle, los gráciles urbanos me metieron en su coche y me llevaron a comisaría. De la comisaría al Juzgado de Guardia para un juicio rápido. El conductor de la EMT, se presentó como acusación particular, y el fiscal nos anunció que su petición sería un año y tres meses por “Acoso Sexual y Agresión Física”. La conversación con la acusación particular, mi abogado de oficio de oyente y la poderosa influencia que  tienen los euros, sobre todo si van agrupados, hizo que el conductor, materialista pollino, retirara su acusación. Con el fiscal era otro cantar. Le insinué junto a mi mudo abogado,  silencio  clamoroso, que mi comportamiento no era lascivia malintencionada, sino una serie de tics producidos por un golpe de calor, a lo que el fiscal adujo, “señor mío, que estamos en enero”. Argumenté que la calefacción estaba alta y  un sofoco me produjo el trastorno mental, motivo por el cual le di los dos sopapos al “honrado” chofer. El fiscal, por mi intachable trayectoria hasta el momento, justificada por la  carencia de antecedentes, mi porte distinguido, mi verbo florido y el declararme apostólico y romano, me ofreció un trato. Un mes de observancia en una Clínica Psiquiátrica Forense y cinco meses de trabajos comunitarios, lo que acepté raudo y feliz, mi doliente abogado asintió con la cabeza, ¿sería mudo el togado?

A los pocos días de la peripecia judicial, ingresé en un Psiquiátrico Forense para cumplir parte de la satisfacción pactada con la justicia. Muy pronto me adapté al ambiente, observando comportamiento acorde con mi posición y  mi probada cordura mental. Inmerso en la tranquilidad  de aquel idílico lugar, aproveché para reordenar ideas. Desde el día del aciago accidente, la sucesión de acontecimientos fue de vértigo, pero ahora en el remanso de paz de aquel lugar reforcé mis vínculos sentimentales al repasar aconteceres. El amor que sentía por aquel maravilloso autobús seguía intacto y  acrecentado por la ausencia. Solo inquietaba mi reafirmado amor la falta de noticias sobre su paradero. La convicción de mis sentimientos, y los recuerdos de todo lo que juntos vivimos, no hicieron más que reforzar mi amor y la firme decisión de buscar a mi amado nada mas saliera de aquel retiro. No pasaba un día sin que ensimismado pensara en mi amado Tata. Solo turbaba mi ensoñación el griterío esporádico de algún pobre loco, porque en aquel edén moraban seres depravados, lunáticos, dementes e iluminados. Yo comparaba sus desdichadas enfermedades mentales con mi serenidad, mi sensatez,  mi equilibrio, que el siempre eterno y desinteresado amor que sentía por mi autobús contribuía a reforzar.

Nada más ser dado de alta, ya que mi cordura mental estaba fuera de toda duda, me indicaron la dirección donde debía cumplir la segunda parte de mi pacto. Se trataba de ejercer de vigilante en una Base Municipal de Vehículos, en Colón. Antes de integrarme a mi tarea, encontré una fonda adecuada a mi señorío, no distante de la Base. Traté de encontrar a mi amado, las gestiones fueron un fracaso. Empecé mi primer día de trabajo con la sensación de que aquello era un descontrol.

La persona a la que debía presentarme, acababa su turno y  dijo que me las ventilara  solito y a las ocho horas de laboro, “pa casita”. Ni fichar, ni firmar. Total desorden, igual podía no haber aparecido.  Pero allí estaba, no tenía otra cosa que hacer en esa gélida mañana de principios de marzo y me puse a dar vueltas por el laberinto de vehículos. Después de dos o tres horas  sin saber ni por donde estaba la salida, al fondo de un pasillo observé un gran autobús. No podía ser, no era posible que fuera quien  pensaba, no podía ser mi Tata querido, sin duda sería un sueño. Temeroso, me aproximé trémulo y comprobé que era él, estaba en aquel Almacén, con las heridas aun abiertas, cubierto de polvo y excrementos de varias semanas.

Extrañado por no entender que podría hacer mi amado bus en aquel abyecto lugar, impropio de un vehículo de su clase como chatarra sin valor. Mi amor se tornó melancolía. Vacilé, pero un segundo bastó para que desapareciera cualquier atisbo de duda. La fuerza del amor se impuso, impidiéndome que abandonara en aquella desdichada situación a mi amado, no podía dejarlo arrinconado en aquel horrible lugar, ni en aquel miserable estado. Acercándome, acaricié su otrora refulgencia metálica. Forzando una portezuela entré. Se me heló el corazón: basura, polvo, telarañas, excrementos y un nauseabundo olor, en lo que antes era orgullo, y lloroso, sangrante el corazón y helada el alma no pude más que sentir desgarro en el ánimo por el ocaso físico de mi amado y  en ese instante, decidí nunca abandonarle y doliente de espíritu me arrinconé entre sus brazos para velar su sueño hasta el fin de sus días.

En la prensa de Madrid, en Agosto, apareció una noticia, un suelto en páginas interiores:   “Encuentran el cadáver de un indigente en el interior de un autobús de la EMT, al parecer muerto de frío e inanición. Indignada, la oposición pregunta a la dirección de la EMT,  porqué un autobús de última generación aparece en un almacén municipal, en lugar de estar en los Talleres de Mantenimiento. Lo achacan a la desorganización e  ineficacia municipal”. 

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