Sueños de libertad (Fragmento adaptado) – Purificación Estarli #RevistaDemencia

photo-1471188520444-a325e413e595

Foto por Chester HoHong Kong

Siempre nos pensábamos lo peor, que vendrían a por nosotros, que asaltarían el poblado y nos alcanzaría una bala, que violarían a nuestras mujeres… El temor a que pasara algo malo volaba por la comunidad como un pájaro de mal agüero.

Sí, recuerdo muy bien esas noches de temor por lo que pudiera suceder, esas noches en vela, sobre todo, aquella en la que la lluvia no daba tregua. Mi madre se había quedado dormida recostada sobre el encalado muro de la casa de acogida, con mi hermano y los tres hijos de Philippe rendidos sobre su regazo al sueño y al amor de las historias que les contaba. Philippe estaba recostado de espaldas a mí, ambos tendidos sobre el suelo, uno al lado del otro. Mis ojos no podían cerrarse y supongo que los de Philippe tampoco porque esa noche me reveló un sueño.

— ¿Estás despierto, Said? —dijo levantando y girando un poco la cabeza en mi dirección.

—Sí.

Philippe terminó de darse la vuelta sobre la andrajosa jarapa en la que estábamos echados y se quedó mirándome con ganas de contarme algo importante.

—Lo he pensado tantas veces y… creo que ha llegado el momento de hacerlo.

No sabía a qué se refería. Enarqué las cejas esperando a que me contase algo más.

—He decidido marcharme, Said —susurró.

—¿Marcharte? ¿A dónde? —Me incorporé apoyando el brazo en el suelo para escuchar mejor a Philippe.

—Lejos… a España, a Francia…, atravesando el mar.

—¡Estás loco! ¡Eso es imposible, Philippe! Cómo te piensas ir, ¿eh?

—He estado hablando con un liberiano que tiene un buen plan. Son muchos días de camino pero dice que… otros lo han hecho antes y lo han conseguido.

—No tienes nada, ni siquiera documentación, ¿estás hablando de irte sin papeles?,  ¿de manera clandestina? Eso es muy peligroso… —negué con la cabeza—, ¿y si te pillan?

—Si me cogen, entonces, lo volveré a intentar, una y otra vez. Si me quedo me estaría conformando, les estaría dando la razón a toda la panda de dirigentes que tenemos y que no hacen otra cosa que enriquecerse a costa de los pobres. No, Said, yo quiero darles a mis hijos una vida mejor, una vida al menos digna, lejos de guerras y de injusticias, lejos de maldades y horrores. Son pequeños, muy pequeños para que les esté ocurriendo todo esto. Ellos se merecen ser felices. Los niños europeos comen todos los días, tienen juguetes con los que divertirse, van a la escuela… ¿por qué mis hijos no pueden hacer todo eso?

Bajé la cabeza. Tenía toda la razón. Desvié un poco la mirada y volví a observar a los pequeños que dormían tranquilos junto a mi madre.

Continué escuchando a Philippe.

—Esto es una guerra, Said, ¿es que no te has dado cuenta? Nuestros gobernantes, ¡todos!, solo piensan en el poder, en estar sentados cuanto más tiempo mejor en el trono que les permite robarnos y hundirnos más y más en la tierra que nos da de comer.

Philippe estaba muy alterado. Hablaba y hablaba de política, de derechos no concedidos, de tasas, de impuestos… de la guerra que, decía, se estaba gestando a pasos agigantados por culpa de Gbagbo y su ansia de permanecer en el poder.

—Podemos conseguir una vida mejor —continuó entusiasmado—. Samuel, el liberiano, me ha dicho que hay una ruta para cruzar las fronteras sin necesidad de pasar por ellas. Hay hombres que conocen a la perfección el camino. Uno de esos hombres nos llevaría hasta Conakri, allí, me ha dicho, que tiene también contactos que nos llevarían hasta Senegal. Iríamos en un vehículo seguro.  Dice que cuantos más hombres seamos más barato nos saldrá el viaje.

Philippe no dejaba de espolearme con los dignos motivos y las buenas condiciones del viaje que le habían propuesto. Estaba pintando una insensatez de color de rosa. Era todo tan fácil, todo tan sencillo y sin obstáculos que hasta a mí, que siempre había creído ser la persona más coherente y madura de la faz de la tierra, me estaba picando la idea y empezaba a ver un hilo de juicio en toda aquella locura.

—¿Quién es ese Samuel?

—Es un liberiano, pero… ¿qué más da quien sea? Tiene la solución a nuestros problemas, lo sé.

—¿Y cuánto dinero pide?

—24.000 dólares liberianos, unos 150.000 francos  —dijo en voz baja, pero, inmediatamente y antes de que yo contestara, continuó—: pero esa cantidad se reduciría en función de los que vayamos, si vamos dos se dividirá a la mitad, si somos tres, sería una tercera parte… Said, yo había contado contigo.

—¿Y de dónde te crees que voy a sacar yo ese dinero? ¿Acaso te crees que soy rico? Nosotros no tenemos nada. Lo poco que teníamos se quedó en la aldea. Huimos dejándolo todo, igual que tú, igual que todos los que estamos aquí. ¿Es que tú tienes ese dinero?

—No, no lo tengo, pero conozco la manera de conseguirlo.

—¿Cómo?

Philippe se acercó más a mí y me susurró al oído:

—Trabajando para él, para Samuel. Solo hay que pasar la frontera, dice que es fácil, allí están esperando sus hombres a los que se les entrega la carga y…

—¿La carga? ¿De qué estás hablando, Philippe?

—Me ha asegurado que si lo hago bien y no me pongo nervioso no me tiene por qué ocurrir nada. La carga iría en una furgoneta escondida entre materiales para la construcción. Como sabes, se está construyendo un campamento para los refugiados cerca de aquí y es normal que crucen para arriba y para abajo vehículos cargados con materiales como bloques de hormigón, arena, cemento… Hay muchos liberianos voluntarios que participan en esas labores…. No hay nada de raro en ello.  Yo solo tendría que conducir y… me daría mucho dinero, Said.

Yo no sabía qué decir, me había dejado sin palabras, por un lado porque me estaba hablando de llegar a España, a esa “Tierra Prometida” con la que había soñado tantas veces en mi vida y, por otro, por la manera tan natural y sencilla con la que me estaba pretendiendo hacer ver que había que ganarse el dinero para el viaje. No se lo pregunté en ningún momento, pero sabía que la carga a la que se refería eran armas, de esas que llevaba el musulmán que me llevó a mi aldea, de esas que matan a inocentes como a mi hermano. No, en ese momento no lo vi correcto, esa forma de proceder para ganarse el dinero sería una manera de apoyar la guerra, de fomentar más matanzas, pero por otro lado la tentación era fuerte.

«Piensa darme mucho dinero, Said», me dijo Philippe. ¡Dinero, maldito dinero!

Mi intención era marcharme a España, estudiar, conseguir un trabajo y ganar dinero con el que mantener a mi familia. Tenía tantos sueños… pero ninguno era salir huyendo de mi país para llegar huyendo a otro. No, así no quería hacerlo. Mis planes habían sido otros muy diferentes, yo quería conseguir un visado con el que llegar a España y vivir dignamente para después volver a mi país porque siempre he creído en él, en sus posibilidades, en sus gentes y en su cultura.

Vi mis planes truncados cuando salimos huyendo hacia Liberia, se esfumó el visado, se esfumó la “Tierra Prometida” y se esfumaron los sueños que tenía en ella. Por eso, muy en el fondo, aquel delirio que me estaba contando Philippe había encontrado un pequeño lugar en mi mente donde esconderse, y pensaba en ello, en que a lo mejor era posible, en que si no podía ser de una manera, se podría conseguir de otra.

Miré a toda esa gente que dormía a mí alrededor, a esos niños inocentes que habían sido testigos de escenas demasiado crueles para su corta edad, a mi madre… y tragué saliva para deshacer el nudo de la impotencia. En realidad yo estaba dispuesto a hacerlo, era capaz de hacerlo, incluso hice mis cálculos mentales. «Demasiado dinero. Hay que buscar a más hombres», llegué incluso a pensar.

No le contesté nada más. Me di la vuelta para pensar. Tenía la cabeza hecha un lío. La tentación era tan poderosa como el peligro que conllevaba el viaje que me estaba proponiendo Philippe. Por momentos veía la salida, una puerta abierta hacia ese futuro que tanto había soñado, pero eran tan cortos esos momentos que de nuevo aparecían la negación y la cobardía, transformándome en un hombre tan pequeño como un niño y sin capacidad de decidirme por un camino u otro.

—Lo haré contigo o sin ti —terminó diciendo Philippe antes de volverse a recostar sobre la jarapa.

 

Había escampado. Respiré profundamente el aire húmedo de la mañana. El olor a tierra empapada por la lluvia me sentó bien, me dio esperanzas y me llevó de la mano hacia los sueños de libertad.

PURIFICACIÓN ESTARLI

Más allá del horizonte. Librando Mundos

(Fragmento adaptado)

 

Advertisements
Sueños de libertad (Fragmento adaptado) – Purificación Estarli #RevistaDemencia

Leave a Reply

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

You are commenting using your WordPress.com account. Log Out / Change )

Twitter picture

You are commenting using your Twitter account. Log Out / Change )

Facebook photo

You are commenting using your Facebook account. Log Out / Change )

Google+ photo

You are commenting using your Google+ account. Log Out / Change )

Connecting to %s