Cupidos – Rita Gardellini

memoriafiesta

“La memoria de fiesta” – Silvia Castagnino
130 x 90 cm | Técnica Mixta | 2005

Cupidos

Pertenece a Febe: relatos con labial

Por Rita Gardellini

 

 «No siempre  se puede». Frasecita insidiosa, con su «no» lento y bien pronunciado. Podría haberme arrojado un «a veces se puede», o el conformista y beneplácito: «por lo menos, lo intentaste». Pero, como es de suponer, me conocía. Sólo orientaba mi obstinación.

 

«Bueno, como usted bien sabe, sólo dispondrá de cuatro días para la realización del proyecto». Bien sabía yo que el proyecto necesitaba un mes. ¡Un mes, no cuatro días! Estos descontentos y abusos, me encontraba rumiando, cuando la acera se estrelló en mi rodilla.  ¡Malditas baldosas flojas! En mi intento de socorro, un algo más astuto que yo, supongo que sería un auxiliar de mi inconsciente —porque éste también estaba ocupado mascullando mis miserias—, me ayudó y no destrocé la maqueta. Quedó intacta entre mis manos.

Mi postura de falso rezo proponía toda la humillación que cabe imaginarse. Lo que seguía, resultaba lo esperado: ¿cómo ponerme de pie?

Sus ojos me encontraron primero. Su sonrisa y sus manos vinieron casi juntas. Sostuvieron con firmeza  el afortunado prototipo, y en la seguridad brindada, conseguí, sin escatimar ni un ápice de torpeza, enderezarme.

¡Mierda! Ambas rodillas sangraban estúpidamente como las de una criatura. La cojera y la sangre acentuaban mi aspecto, que ya de por sí, se encargaba de ser ridículo.

¡Mierda! Había intentado alentarme, suponiendo que la visión nublada correspondía al porrazo. No. Otra sonrisa me acercó las gafas y las dejó con habilidad entre dos edificios del modelo. Sobrentendido está  —dada mi consagrada y persistente habilidad en papelones—, que los cristales estaban quebrados. Descartada la fortuita nimiedad de que hubiese sido uno sólo. Obvio.

No era tan embriagante su mirada verde —me vencen los ojos verdes— como su insistencia. Fijos en los míos, que huían como podían. Casi me hubiese alegrado, lo que tan alentadoramente auguraron los médicos a mi madre, en mis avances visuales. Pero no. La miopía no había evolucionado al paso pronosticado y distinguía muy bien, no había posibilidades de disimulo. Su interés estaba en mí. Con elocuencia, insistencia, y si se quiere, premeditación.

Mi boca finalmente se cerró de su asombro y mi voz balbuceó una intentona de gracias. Minúscula e insignificante.

Agravando la degradación, mi rostro estaba rojo y mis manos húmedas. No podía haber conservado mi insípida palidez de muerte. No, claro que no. Tenía que evidenciar mi vergüenza con ese ridículo encarnado.

La postura de los cuerpos intentaba un avance. Estábamos rotundamente interrumpiendo el paso. Algo, cualquier cosa, que me permitiera reaccionar en un justificativo para prolongar el encuentro. Nada. Mi mente, con el tan afamado coeficiente que me abría las puertas de los tests más avanzados, estaba muda. Ni siquiera sonaba un: «¿Trabaja por la zona?» ¡Nada, de nada! Blanco total.

Sucediendo en la monotonía urbana, seguimos los caminos. Tres veces giré como pude mi cabeza para encontrar la misma respuesta. Parecíamos espejos. De esto ya habían transcurrido tres horas. Y como correspondía, ahora sí, asomaban todas las frases inteligentes, o al menos sociables, que hubiera necesitado.

Según solía hacer, había dejado mi mente en su puesta en piloto. Escuchaba la perorata grandilocuente con todos los halagos hacia mi trabajo, evidenciando mi sonrisita conspicua. Podría haber continuado así otras tres horas más, sólo interrumpiendo mi quejoso divagar mental: el pantalón que cada vez se adhería más a las heridas, cuando un comentario despertó mi atención:

—¿Este recibo de compra, es suyo? Parece que se le hubiese caído sobre el trabajo.

Miré el papelito que me alcanzaba. Era el comprobante de una lavandería. La felicidad me atropelló las emociones. ¿Por qué no? Cosas más extrañas han sucedido. Ignoré a todos y, con alguna oportuna frase que no recuerdo, abandoné el recinto. El escrito en mi mano ondeaba la suerte. Por primera vez sentía que alguien me estaba en secreto ayudando.

 

 

—¡Dieciocho!, dieciocho encuentros. He propiciado ¡dieciocho encuentros!

—¡Ja!, te advertí, pero no escuchas.

—Es insólito. Nunca he necesitado más de tres; como record, cuatro. Y estos, van dieciocho. ¡Die-cioooo-cho!

—¿Hasta cuántos piensas intentar?

—¿No insinuarás, que tampoco van a lograrlo en éste?

—La verdad, lo dudo. Sinceramente, «no…  siempre se puede», je.

—¿Por qué no te vas al carajo?

 

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