Lirdnam – Antonio Rivas

IMG-20160331-WA0022Lirdnam siempre fue para ti providencialmente funesto, un verdadero reclamo del mal que se pone en tu camino para arrastrarte al vicio y a la ruina; tenía siempre la intención más torcida que los cuernos de un toro y las entrañas más dañadas que las víboras, era el vivo retrato del alguacil estafador del Lazarillo de Tormes, tenía la apariencia beatífica y el alma podrida del clérigo y, además, la insana maldad del ciego y la mismísima estampa del escudero que tú traducirías en lenguaje de hoy como el marqués de la polla lisa, es decir, la fantasía personificada, fue siempre una vil sabandija de las haciendas, polilla de la honra y de la conciencia, andaba siempre anegado en la inmundicia de sus viles deleites y causaba asco a cuantos le rodeaban. Teniendo el cieno por el cielo y oliendo mal a todo el mundo nunca lo advertía, pues entendía la hediondez por fragancia y el más sucio albañal por paraíso; este pájaro era la quinta esencia del veneno, antes que exponerte al mismo era preferible que te escupiera un sapo, que te picara un escorpión o que te mordiera una víbora, tenía una cierta pasión con que todo lo hacía bueno y un afecto lisonjero con el que todo lo disimulaba hasta dar con un amigo inexperto o enfermo al que llevaba sin escrúpulo alguno a la sepultura de su perdición.
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Lirdnam era un sujeto que presumía en toda su pureza dogmática de caballerosidad pero todo era simple fachada, siempre tomaba para sí todo aquello que no era suyo; para él nunca fue vil el metal acuñado y le importaba un pepino que el cobrarlo y la rapidez con que de sus manos salía produjera el desprecio de todo hijo de vecino bien nacido, para él la Iglesia era una broma pesada y en las relaciones de hombre y mujer no había más ley que la anarquía. Si no hubiera infierno sólo para Lirdnam habría que fabricar uno a fin de que purgase en él sus constantes burlas de la moral y de la decencia. En él había una combinación monstruosa de conciencias, una gris para ciertas cosas y otra negra y sucia como un lodazal de alquitrán que usaba según los casos, ambas se las ponía como si fueran camisas, la conciencia negra y sucia la empleaba para cuanto el dinero y las mujeres se refiere. En todas partes dejó triste memoria y no respetó nada el muy cretino, ni la virtud, ni la paz doméstica, ni la religión, ni la amistad, ni el compañerismo, ciertamente siempre le tuviste pánico por su excesiva maldad, Lirdnam tenía un rostro planetario, esférico, achatado por los polos y ensanchado por el ecuador, un vientre enorme que debía contener 345 metros de intestino, unas piernas más bien cortas que largas y un mostacho más bien largo que corto entre amarillo y marfil deslucido, fumaba el tío como un carretero, parecía como si le hubieren criado con leche de elefante; su aspecto era tal que el de un representante de ultramarinos, tenía el pájaro menos glamur que un murciélago vestido de gitana, era de los hombres que con tal de tener dinero, traicionan, mienten, se envilecen, asesinan, venden a un amigo, a un camarada, a un hermano, y con las mujeres era un verdadero misógino: al mismo tiempo que las deseaba y se aprovechaba de su hermosura, pensaba que eran seres innobles, torcidos, impuros, torpes, indiscretos, impúdicos y soberbios. Cuando tú le conociste llevaba un sonotone en uno de los oídos porque estaba un poco tapia, aunque a veces de conveniencia, porque si oía o vislumbraba que iba a oír algo que no le interesaba o pudiera perjudicarle, se rascaba la oreja y disimuladamente dejaba el sonotone desconectado, en esos casos había que pasar de él o dejarlo por imposible, cosa que precisamente era lo que él buscaba. Por las mañanas trabajaba en un Banco del Estado y por las tardes se buscaba un sobresueldo con una u otra ocupación. Como tenía tanto don de gentes y parecía tan campechano no tuviste más remedio que entablar con él un cierto grado de amistad pero siempre con reservas porque había algo en Lirdnam que no terminaba de gustarte, le admitiste en la Empresa donde tú eras encargado y de vez en cuando te sacaba de bobilis-bobilis algún bolso que otro, ya fuera de tafilete, de boxcalf, de serpiente o de cocodrilo para su mujer, su cuñada o para venderlos a buen precio a sus compañeras del Banco. Se marchó de la empresa cansado de tanta rutina con los libros oficiales para engañar al fisco y los reales para ver la verdadera marcha del negocio, pero él seguía teniendo contacto contigo sobre todo cuando necesitaba de nuevas provisiones de bolsos para convertirlos en el vil metal sin el cual no podía vivir y para mantener un nivel de vida que tú nunca te pudiste permitir. Era muy ocurrente y chistoso, un día te contó que se le había ocurrido una idea y que si tú querías participar haríais grandes negocios: se trataba de ir por los bares y cafeterías y recoger todos los posos del café, triturarlos con una moulinex industrial de forma tan fina que luego los podíais vender en las perfumerías como polvos de talco para los negros. Nunca le hiciste caso a sus descabelladas ideas. Lirdnam pertenecía a la raza de gordos blanduchos llenos de grasa por todas partes, en sus múltiples barbillas, en la bolsa de los ojos, en las muñecas, en el pecho, en el estómago y en su imponente panza, le gustaba, como se ha dicho, quedarse con todo aquello que no fuera suyo aunque le hiciera tanto daño a su cuerpo como a su alma, por eso, cuando apareció su madrastra en su vida, después de muchos años, vio el cielo abierto. Su madrastra era una vieja vasca nariguda, tiesa y seca, luego se volvió poco a poco a encorvarse por el reuma y se quedó hecha una “L”, andando con un pequeño bastón, pero su salud era excelente; su padre se había casado con ella en segundas nupcias y la había dejado viuda hacía algunos años, Lirdnam se la trajo a vivir a su casa no por amor maternal, ni por afecto, ni por caridad, que todas estas cosas nunca le afectaron, sino porque sabía que la anciana tenía buenos ahorros en el Banco y ya vería él la forma de hacerse con ellos, comenzó convenciéndola con engaños de que lo más conveniente era que sacara sus dineros de donde los tenía y se ingresaran en una cuenta conjunta a nombre de Lirdnam y de la vieja en el Banco donde él y tú trabajabais, pues allí teníais unos tipos de interés bastante más ventajosos que en la banca comercial, ella accedió y en poco tiempo la cuenta quedó con dos o tres pesetas de saldo, claro está que él y toda su familia y amigos se dieron durante todo ese tiempo unas vidas de marajás. La pobre vieja, cuando veía los extractos, le preguntaba a Lirdnam qué significaba aquello y recibía por respuesta una y otra vez que no se preocupara, que sólo eran errores de la informática pero que todo estaba en orden, cuando ibais en tu coche al trabajo, porque el suyo siempre andaba escaso de gasolina, Lirdnam te decía, – a ver si esta puta vieja se muere de una vez, – y efectivamente, un día te contó que la vieja cogió un resfriado y la llevaron a la clínica, le pusieron oxígeno y la dejaron ingresada porque era muy mayor y el asma no la dejaba respirar bien, pero no tenía nada especialmente grave, Lirdnam fue a verla una tarde y dijo para sí, ésta es la mía, y estando solos le administró un potente miorelajante y le retiró la mascarilla de oxígeno, a las dos horas se la volvió a poner y se largó con viento fresco, y al día siguiente, cuando ibais para el Banco, le preguntaste, – ¿qué tal tu vieja?, y él, con la sonrisa burlona del ciego del Lazarillo, te contestó con rin tintín, – ha muerto, la pobre. Cuando se le acababan los recursos para llevar su alto tren de vida rápidamente ideaba nuevos métodos para hacerse sin escrúpulos con el dinero ajeno, uno de ellos fue el famoso Timo del Nazareno, durante mucho tiempo se estuvo presentando bien trajeado, con aire de ejecutivo, en talleres y fábricas de artículos de regalo de lujo, a veces se presentaba como director gerente de una sociedad limitada que previamente había inscrito en el Registro Mercantil, asimismo se hizo con una especie de representación-franquicia de artículos de fumador, engañaba a todos con su labia y se hacía con recepciones de mercancía por millones de pesetas, pagaba un diez por ciento al contado, dinero que previamente había sacado a algunos incautos como tú, y luego firmaba letras de cambio a 30, 60, 90 y 120 días. Según recibía el género en un almacén u oficina alquilado al efecto, los primeros envíos los recibió en su casa que luego cambió por otra y por otra para quedar ilocalizable, se dedicaba a vender rápidamente todo al contado con una rebaja en el precio significativa en relación con el resto de los distribuidores; cuando le presentaban al cobro las letras aceptadas, éstas eran siempre devueltas porque la cuenta corriente no tenía un duro, luego venían las reclamaciones vía apremio o judiciales pero él ya había cambiado de domicilio, de oficina e incluso de denominación y objeto comercial y a volver a empezar con otro tipo de género, a ti te tuvo durante algunos meses trabajando en sus oficinas y almacenes a cargo del recibo y envío del material y de una especie de pseudo-contabilidad que se limitaba solamente al control del almacén, archivo y algún que otro aspecto de la administración de aquellos “negocios”. Cuando el Timo del Nazareno se puso muy peligroso para él porque la policía le pisaba los talones se inventó otro negocio al que aplicó sus más retorcidos instintos: se dio a conocer como eficaz gestor de cobros de impagados, a veces te enseñaba montones y montones de letras de cambio aceptadas y devueltas, camino del Banco, y te decía: – mañana voy a Barcelona, (otras veces a Bilbao, a Sevilla, a Badajoz, hoy Madrid, pasado mañana a Valencia, etcétera),- me llevo un treinta por ciento de todo lo que cobre, y – ¿cómo haces para cobrar? – le preguntabas tú, – pues muy sencillo, respondía – me pongo en contacto con unos conocidos recién excarcelados del Barrio del Lucero, les doy una dirección, un anticipo a cuenta de su gestión, le rompen las piernas al deudor o violan a su mujer o a su hija y le dicen que en breves días aparecerá un señor a cobrar las letras de cambio devueltas y que si no pagaba las cosas podían empeorarse, – ¿y da resultado?, – mira, y te enseñaba fajos de billetes de mil y de cinco mil pesetas que bien podrían ascender al millón o millón y medio. Cuando al presentarse él a cobrar estaba allí la policía porque alguien hubiera denunciado el caso aparecía en escena un alto oficial de la policía nacional, familiar suyo, y rápidamente quedaba libre de toda sospecha, a Lirdnam le importaba un carajo lo que los demás pensaran de él, mientras la opresión y el delito, de los que se valía para sus “operaciones” maquiavélicas, no sobrepasaran los límites de la decencia; consideraba por tanto que el fin justifica los medios y que por supuesto era decentísimo hacer pagar a aquellos canallas morosos sus deudas con cualquier medio que tuviera a mano. Lirdnam era diabético, tú crees desde que nació, pero todas las mañanas se tomaba su café con leche y sacarina y luego se zampaba un plato lleno de bollos, donuts, pasteles y porras, daba gusto verle comer. Murió a los cincuenta y un años de un coma diabético hace unos dos décadas y media. Y es por esa maldad que a cada cerdo le llega su “Sanmartín”.

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