La maldición de Guarneri – David González (Aye)

Providence Doucet

Fotografía por Providence Doucet

―¡Le presento a la joya de la corona! ―exclamó con orgullo Tommaso Rizzi, tal cual acabara de anunciar la llegada a la corte de un distinguido noble, cuando enseñó el único violín que mantenía celosamente guardado dentro de una hermética vitrina de doble cristal.

El otro individuo que contemplaba maravillado aquel magnífico instrumento era Philippe Trudeau, que había entrado en la famosa tienda de instrumentos musicales Le Quattro Stagioni en busca de un buen violín. Se trataba de un joven y prometedor violinista canadiense, becado por el Conservatorio Superior de Música de Florencia, el cual llevaba varios días tras la pista de algún un violín de calidad maestra con el que afrontar su auditoría de fin de carrera, último escollo a superar antes de obtener el Título Superior de Violín. Rozaba la obviedad pensar que con la ayuda de un violín como ese no sólo lograría graduarse, sino que además lo haría alcanzando las máximas distinciones. Pero tenía asumido que ese lujo instrumental estaba totalmente fuera de su alcance. Tommaso Rizzi, por su parte, además de prestigioso musicólogo, lutier y destacado violinista ―ya retirado―, era el propietario de la mítica tienda Le Quattro Stagioni, bautizada con ese nombre en honor a la obra Las cuatro estaciones de Antonio Vivaldi, su compositor favorito sin discusión. La tienda, de principios del siglo XIX, se hallaba emplazada privilegiadamente en el casco antiguo de Florencia: el Palazzo Vecchio o La Galería de Los Uffizi eran sólo algunos de sus ilustres vecinos. ―Un Guarneri… ―balbuceo estupefacto Philippe con la vista incrustada en el fabuloso violín: parecía estar escaneándolo con la mirada. ―Efectivamente. Un Giuseppe Guarneri. ¡Con su certificado de autenticidad, por supuesto! ―matizó al instante el signore Rizzi, satisfecho de que aquel barbilampiño estudiante hubiese identificado su Guarneri a las primeras de cambio. Pese a que el mes de Julio empezaba a castigar severamente a la emblemática ciudad italiana, el dueño de Le Quattro Stagioni vestía con traje de pana―. Una pieza de coleccionismo, no le quepa la menor duda ―prosiguió con el énfasis natural de los que aman apasionadamente su trabajo―. Una verdadera obra de arte extraída de la madera de alguno de aquellos míticos árboles que poblaron, allá por el siglo XVIII, los frondosos bosques de la privilegiada región italiana de Cremona. Nada más acabar decir eso, inspiró sonoramente durante varios segundos hasta llenar sus pulmones con la cantidad de aire perfectamente calculada que sabía necesitaba para enumerar de carrerilla las innumerables virtudes de aquel irrepetible violín:

―La tapa superior está elaborada con madera de abeto rojo y la inferior de arce spicatum ambas secadas y curadas durante siete años ni un mes más ni un mes menos para conseguir un cociente de elasticidad ideal en todas las vetas de dos milímetros exactos con diapasón de ébano negro esmerilado y cordal de nácar todo bañado con el barniz secreto del propio Guarneri…

Hablaba sin respirar, y su rostro pasó por toda la gama de rojos antes de alcanzar el primer tono azulado, indicador cromático de que comenzaba, sin pausa alguna, la segunda parte de la anaeróbica descripción:

»…su clavijero de nogal capaz de soportar dos veces más tensión de la habitual transportando a cualquiera que lo toque al límite del espectro armónico conocido remata en una inconfundible e inimitable voluta en forma de cabeza de león egipcio con dos pulidas ágatas rojas incrustadas en sus ojos sin olvidarnos de su exclusiva doble alma de fresno única en el mundo capaz de lograr que el instrumento vibre dentro del “pico ideal de resonancia utópica” descubierto por el mismísimo Aristóteles!!!! La ingente bocanada de aire que por puro instinto de supervivencia inhaló el señor Rizzi acto seguido de acabar su agónico circunloquio, rozando la hipoxia, provocó la asfixiante sensación de que acabaría consumiendo hasta la última molécula de aire de la tienda. Incluso Trudeau, por momentos, experimentó la agónica sensación de encontrarse dentro de una campana de vacío.

―Si no voy equivocado ―susurró Philippe una vez que las condiciones de la tienda volvían a ser las idóneas para albergar la vida―, se trata del famoso violín maldito de Guarneri ―moduló el final de la frase bajando cuidadosamente el volumen de su voz, como si temiese invocar por accidente algún tipo de maleficio. Escudado tras unos enormes ojos azules, ligeramente avellanados, acabó fusionando su mirada con el barniz que cubría aquella joya musical: daba la impresión de que jamás podría volver a pestañear. ―Personalmente, yo prefiero utilizar el término “encantado” antes que el de “maldito” ―apostilló Tommaso Rizzi con una sonrisa de satisfacción cincelada en el rostro. Que el joven estudiante hubiese identificado el violín, supuestamente maldito, de Guarneri, le hizo sentirse como un mago orgulloso de su alumno más aventajado, al que decide, por fin, revelarle su hechizo más poderoso―. ¿Conoces su historia? ―Quién no la conoce… ―respondió Philippe al instante, contrariado a su vez al ver como el señor Rizzi, inesperadamente, comenzaba a fumar de una pipa que ni tan siquiera supo ver cuando la había sacado―. Una historia ―prosiguió sin dejar de mirar de reojo a la pipa con cierto reparo― en la que se hace muy difícil separar lo real de la imaginación, lo histórico de la superstición. El gran maestro Giuseppe Guarneri alcanzó la perfección del oficio de lutier dando forma y vida a sus violines, que no la gloria, pues esta se reservó en exclusiva para Antonio Stradivari, su colega de profesión, hacia quién acabó incubando una envidia enfermiza que en poco tiempo maduró en una acérrima rivalidad. Los violines fabricados por su eterno archienemigo, más conocidos como Stradivarius, eran los elegidos por los mejores violinistas de la época, declarados admiradores de aquella inimitable y mágica vibración que tan sólo los violines de Stradivari lograban producir, y que en poco tiempo acabó consagrándose como el atesorado sonido que todas las cortes europeas codiciaban para sus salones. ―El atractivo estudiante gesticulaba cada palabra como si estuviese interpretando un monólogo de Shakespeare―. Durante años, Guarneri volcó toda su experiencia y conocimientos en intentar mejorar los excelsos violines de su rival. Pero con cada instrumento nuevo que fabricaba perdía un pedazo más de su desmembrada autoestima: su taller, otrora lugar de referencia, acabó convirtiéndose en una fábrica de fracasos. ―Las palabras reposaron en silencio el tiempo justo y necesario para dejar que se formara un pequeño poso de suspense. Después, muy lentamente, Philippe fue acercando la cara a la vitrina que protegía al valioso violín, tanto, que la punta de su nariz comenzó a aplastarse contra el cristal de la tapa superior. Sólo se frenó cuando el reflejo de la madera tiñó de marrón el azul claro de sus ojos―. Y como suele pasar en la mayoría de historias sorprendentes ―arrancó de nuevo paulatinamente su parlamento poniendo la frase en marcha como si se tratara de una vieja locomotora de vapor―, llega ese brumoso momento en el que la realidad se disfraza de leyenda, y Giuseppe Guarneri vende su alma al mismísimo diablo. Supuestamente, claro…

A falta de un trueno, precedido por su rayo, que rubricara con efectismo esa última sentencia, el centenario reloj de Le Quattro Stagioni tocó las ocho de la tarde, imitando el estrépito que solía hacer en el último castillo en el que estuvo. ―“Supuestamente”, usted lo ha dicho, caballero ―tomó el relevo Tommaso Rizzi, haciendo coincidir la última “o” con un perfecto aro de humo―. El Maligno proporcionaría al envidioso y atormentado Giuseppe Guarneri un violín sobrenatural, capaz de emitir un sonido tan fascinante que maravillaría a todo aquel que lo escuchase. El mundo entero, por ende ―se interrumpió el tiempo que le llevó encender un fósforo, meterlo dentro de la cazoleta de la pipa, y avivarla de nuevo con ayuda de tres sonoras chupadas―, se rendiría a los pies del iluminado artesano que habría logrado dotar a un instrumento con el don de la vida. ―Pero el Diablo siempre exige algo a cambio.

El avispado Philippe acababa de robarle a Rizzi la misma frase que este tenía a punto para hacer salir de su boca, y al que no le quedó más remedio que tragársela sílaba a sílaba. ―¡La gloria eterna a cambio de una simple alma mortal! ―improvisó al instante el experto lutier envolviendo la frase en un nuevo círculo humeante. Abusaba tanto de ese efecto que, entre el persistente boqueo y los continuos “plops” que lo precedían, parecía un pez luchando por sobrevivir fuera del agua―. Bastaba con frotar el arco lo justo y necesario para hacer sonar una sola nota para que el violinista quedara atrapado irremediablemente en su emvrujo . ―Querrá decir “embrujo” ―se atrevió a corregirle Philippe.

―”Embrujo…” ―susurró Tommaso Rizzi mientras simulaba escribir la palabra en el aire―. Joven, tiene usted toda la razón ―aceptó la corrección antes incluso de acabar su garabato fantasma―. Clases de lengua al margen ―zanjó rápidamente la pandillera disputa entre bes y uves a continuación de boquear otro gran anillo de humo―, el hecho es que todo aquel que tocaba con el violín emvrujado de Guarneri veía como su condenada alma se alejaba poco a poco de él, con cada nueva partitura, con cada fraseo, escapándosele entre vertiginosas escalas, pizzicato a pizzicato, cadencia tras cadencia: tocar una hora con ese violín suponía envejecer un año entero. Incluso para Trudeau, difícil de impresionar, le fue del todo imposible no imaginar como la vida se le debería escapar a aquellos desdichados músicos nota a nota, subyugados por el irrefrenable impulso de interpretar aquella maravillosa música compuesta en el conservatorio del mismísimo infierno. Envejecían y morían con la misma celeridad con la que el público los descubría, rendidos a tan portentoso pero a la vez efímero talento.

El vello de la nuca se le erizó con esos truculentos pensamientos. ― ¿Te gustaría probarlo? ―La repentina voz del señor Rizzi escupió a Philippe de nuevo al presente, cuyo inesperado ofrecimiento le pilló totalmente desprevenido.

Tener la oportunidad de probar un Guarneri no pasaba todos los días. Es más, estaba convencido de que solo ocurría en el mundo donde retozan sueños y fantasías. Trudeau, agnóstico de los pies a la cabeza y poco dado a leer el horóscopo, a que le leyeran la palma de la mano, o a rodear escaleras surgidas de la nada en mitad de la acera, no cedía nunca ante la superstición y, por descontado, daba por hecho que la funesta leyenda que rodeaba a ese violín no era nada más que eso, una simple leyenda.

Entonces, ¿por qué motivo sentía que el miedo se acababa de colar en su casa entrando de puntillas por la parte de atrás a sabiendas de que jamás le echaba la llave a esa puerta? El avezado lutier captó en el aire los chispazos de inseguridad del joven músico. ―¿No me dirás que tienes miedo, hijo? ―le preguntó sin que se pudiese diferenciar cual era el acto al que sus labios daban más importancia, si al de hablar o al de expulsar perfectos anillos de humo. ―¿Miedo? ―replicó Philippe después de tragar saliva― ¿Debería tenerlo? ―Las desafiantes palabras se resistieron a salir de su boca, tal cual se tratasen de un asustadizo rebaño de desconfiadas ovejas reacias a traspasar, así sin más, la puerta abierta del redil―. Ahora mismo le demostraré como tocan los ángeles en el cielo― se apresuró a decir para que Tommaso Rizzi dejase de seguir rastreando su miedo.

―Me parece perfecto ―contrarrestó este la frágil altanería de Philippe―. Deléiteme con un poco de esa música celestial de la que habla. ―Bajo su espeso bigote se camufló una inquietante sonrisa: si esa mañana se hubiese afeitado, lo más seguro es que aquella incómoda mueca habría bastado para que el incrédulo Trudeau acabara huyendo despavorido.

Siempre bien acompañado por sus inseparables anillos de humo, el dueño de Le Quattro Stagioni se acercó todavía más a la urna que protegía al codiciado Guarneri, y con ayuda de su pecosa mano extrajo de debajo del cuello de su camisa un sencillo colgante en cuyo extremo pendía una pequeña y curiosa llave de cobre. Como un autómata oxidado comenzó a encorvarse hacía la vitrina, haciendo chirriar toda su columna vertebral. A continuación guiñó el ojo izquierdo, su ojo malo, dejando que el derecho asumiese todo el control. Después, muy despacio, fue introduciendo la minúscula llave dentro de la estrecha cerradura, todo supervisado desde la torre de control de su ojo diestro. Y en ese preciso instante, igual que un árbol acabado de serrar, se desplomó contra el suelo víctima de un fulminante infarto que a punto estuvo de colgarse la etiqueta “2×1”, pues el pobre Trudeau hubiese firmado ante notario que su corazón también había dejado de latir.

En realidad acababa de sufrir el susto más grande de toda su vida. El macabro rostro del señor Rizzi, sin la menor chispa de vida en sus ojos, parecía observar desde el frío suelo de terrazo como el colapsado Philippe hacía lo imposible por dominar los nervios y teclear correctamente desde su teléfono móvil el número de la policía local.

Tras una fugaz y atropellada descripción telefónica acerca de la fatal suerte que acababa de correr el anciano lutier de Le Quattro Stagioni, Philippe se aseguró, no sin cierta aprehensión, que el pulso del señor Rizzi no daba la más mínima pista vital. Fue entonces cuando aquella voz surgió inesperadamente de entre la maleza de su mente, como un paciente cazador que espera el momento exacto para dejarse ver y disparar sobre su presa: «¡Roba el Guarneri!», le incitó aquel otro Philippe Trudeau, audaz e insensato a partes iguales. Y sin pensárselo dos veces se apoderó de la llave que abría la vitrina y sacó el violín de su interior.

Su tacto era casi orgánico. Podía uno escuchar como respiraba a través de las vetas, tal cual fuesen las branquias de un hermoso pez de madera. Con sólo tocarlo, el joven músico, reciclado no hacía ni diez minutos a ladrón de arte, sintió como el violín le inyectaba una seguridad fuera de lo común, y en un abrir y cerrar de ojos lo sustituyó por otro cualquiera de los muchos violines que atiborraban las paredes de la tienda. Poseído por esa confianza recién adquirida, se acabó de asegurar que la vitrina quedaba bien cerrada con el violín impostor en su interior y que la única llave capaz de abrirla pendía nuevamente alrededor del cuello del malogrado Tommaso Rizzi.

Nada más pisar la calle encaró a paso ligero la vía Bernardo Cennini, alejándose en dirección opuesta a las sirenas de la policía y de la ambulancia que aullaban cada vez más cerca.

A la mañana siguiente la ciudad de Florencia, nada más despertarse, se hizo eco de la fatal suerte del querido lutier Tommaso Rizzi, fallecido hacía apenas doce horas por culpa de un paro cardíaco. Desde primera hora las flores y velas depositadas por el cariño de la gente comenzaron a estucar la fachada de Le Quattro Stagioni, cerrada para siempre por falta de continuidad familiar. La prensa florentina, por su parte, amplió ese día su sección cultural con un generoso artículo hacia su persona, haciendo hincapié en la entregada pasión del viejo lutier por el barniz y el pentagrama. Y pese a que casi siempre los recuerdos acaban por acumular polvo en la memoria colectiva, el Ayuntamiento de Florencia, en colaboración con Il Museo Nazionale di Musica, se comprometieron a ofrecer en días venideros un pomposo concierto en su honor: Las cuatro estaciones de Vivaldi, como no podía ser de otra manera.

Todo el mundo se volcó con el merecido recuerdo hacia su apreciado e ilustre vecino, excepto uno, Philippe Trudeau, que sólo tenía ojos para el fabuloso Guarneri, reconvertido en su particular vellocino de oro.

Cuando a las nueve de la mañana se abrieron puntualmente las puertas del espléndido Conservatorio Superior de Música de Florencia ―construido en 1821 y cuya reciente restauración conservó su estilo neogótico hasta en el último recoveco―, Philippe ya hacía más de cuatro horas que esperaba sentado junto a su Guarneri en los escalones de la entrada principal, mucho antes de que hubiese amanecido. Hacía días que no dormía, temeroso de que el mismísimo Diablo pudiese aprovechar esas horas de sueño para recuperar a su criatura musical.

Como venía siendo tradición, durante el último fin de semana de julio, el conservatorio permitía el acceso a su fantástico auditorio a todo aquel que quisiese disfrutar con las magníficas auditorías de final de carrera, en las que los aspirantes a músico se jugaban en una única actuación solista el trabajo amasado durante los últimos cuatro años. Debido a la gran cantidad de alumnos que se presentaban, el orden previsto para las pruebas individuales se cumplía siempre a rajatabla. La del signore Trudeau se programó para las 10:45 a.m., y a las 10:46 ya se encontraba encerando meticulosamente el arco de su violín frente a los cuatro miembros que componían el comité evaluador.

Mientras deslizaba una y otra vez la pastilla de cera por las tensadas hebras de cola de caballo que componían el arco, tuvo tiempo de analizar de reojo a los miembros del jurado que se disponían a examinarlo. En un extremo de la mesa pudo distinguir claramente al Sr. Alessio Panetta, profesor de Música Antigua y Perfeccionamiento Coral, siempre ataviado con sus omnipresentes pajaritas. Justo a su derecha se hallaba Prisca Bianchi, la atractiva directora del conservatorio, aunque tanta belleza quedara relegada a un segundo plano debido a su hermético carácter, frío y severo por igual: sus clases no se diferenciaban en nada de un velatorio. Parecía mentira que alguien dedicado por entero a la música pudiese disfrutar tanto con el silencio. Impartía clases de Dirección Instrumental e Historia de la Música. A su lado, codo con codo, se sentaba el profesor de Sonología y Composición Orquestal, el Sr. Mijail Sokolov, uno de los mejores violinistas surgidos tras el telón de acero. Pura mentalidad soviética; de ahí su apodo: El Asesino Del Metrónomo.

Al único componente de la mesa al que no recordaba haber visto jamás era un fornido cincuentón vestido con camisa de cuadros y unos desgastados pantalones vaqueros que sujetaba con ayuda de unos raídos tirantes marrones. Su larga melena, cana y espesa, estaba recogida en una juvenil coleta. Por su aspecto montañés cualquiera hubiera dicho que ese fortachón se encontraba allí con el único propósito de cortar leña. Pero inesperadamente se levantó de su silla y, una vez estuvo sentado frente al piano del auditorio, comenzó a tocar magistralmente la apertura del Concierto n° 3 de Serguei Rajmáninov con la única intención de asegurarse que estaba perfectamente afinado, y antes de llegar al doceavo compás ya se dio por satisfecho. Todo el público presente enmudeciendo con aquella brillante y fugaz interpretación, anonadado con los armónicos que todavía se podían escuchar incluso segundos después de que el misterioso pianista ocupase de nuevo su sitio en la mesa del tribunal.

«No es extraño que la dirección del conservatorio invite a profesores o músicos de renombre para que tomen parte en este tipo de evaluaciones» ―reflexionó Philippe mientras guardaba ceremoniosamente la pastilla de cera dentro de la rígida funda del violín, para a continuación sacar de su interior el Guarneri, que hasta entones había estado descansando como una fiera adormecida en el fondo de su cueva de terciopelo morado, oculto a la vista de todos.

El sepulcral silencio sembrado por la espléndida y volátil interpretación del Rajmáninov se rompió súbitamente como una frágil capa hielo incapaz de aguantar el peso del murmullo que se generó cuando el joven Trudeau encajó entre su clavícula izquierda y su rasurada barbilla aquel fantástico violín. Todos los allí presentes pusieron la misma mueca de estupefacción, pues nadie daba crédito a que un vulgar estudiante pudiese poseer un Guarneri, o mejor dicho, un majestuoso, codiciado e inaccesible Guarneri.

El único que no parecía impresionado fue el intrigante examinador con pinta de leñador polaco, que impertérrito, se sentó de nuevo frente al piano de la sala. A diferencia de la magistral interpretación anterior, esta vez sólo pulsó una tecla, la que correspondía a la nota la, a fin de que Philippe la tomara como referencia y la igualase con la cuerda de su violín que correspondía exactamente con la nota dada. Ambos las pugnaron encarnizadamente entre ellos durante medio minuto, una guerra de años en su mundo, para acabar cediendo a la evidencia de que el único camino posible era fusionarse en una sola y perfecta frecuencia. El prometedor estudiante, plenamente satisfecho con la prueba de afinación, cerró los ojos y respiró profundamente antes de comenzar a tocar la pieza que había escogido para ese trascendental momento, Las delicatessen del Diablo: nada más y nada menos que un inverosímil y pretencioso estudio a seis voces, musicalmente suicida, compuesto por él mismo días atrás, cuando la Vida le invitó a entrar en la prestigiosa tienda de Tommaso Rizzi y la Muerte le permitió salir de ella con un Guarneri bajo el brazo.

Desde la primera nota, sus largos y huesudos dedos parecieron moverse con vida propia, correteando y saltando por el diapasón del violín a una velocidad de vértigo, mientras el arco, desbocado como una fiera salvaje, dibujaba círculos y trayectorias imposibles. Nadie estaba preparado para escuchar aquella música obscenamente perfecta, y mucho menos para enfrentarse a ese ejército de frenéticas notas e hipnóticos silencios que desde el primer compás invadió el auditorio, rendido musicalmente a la tirana sonoridad de aquel inconcebible violín. Pero paradójicamente, era el propio Philippe quién no entendía nada de lo que estaba pasando.

«¿¿¡¡Qué demonios me ocurre…!!?? ―se preguntaba empapado de sudor ante la desagradable sensación de que el maléfico instrumento le estaba utilizando como mero soporte para evitar caer al suelo y astillarse en mil pedazos. Aterrado, sintió cómo el endemoniado Guarneri le iba arrancando, nota tras nota, minúsculos pedacitos de su alma.

Fue entonces cuando un perfecto anillo de humo pasó por delante mismo de sus ojos, e igual que un confiado pececillo que merodeara por delante de un enorme pez camuflado entre las rocas, el miedo se tragó a Trudeau de un solo bocado.

Aquellos familiares aros de humo procedían de la acartonada boca del misterioso profesor con aspecto de afable leñador, que apoyado despreocupadamente sobre la tapa del piano no dejaba de mirar al espantado Philippe con melifluo regocijo. Su boca, esculpida en una sonrisa macabra, boqueó una nueva y perfecta circunferencia gris, que viajó ingrávida hacia el ya condenado violinista…

Si hay algo que sí se le puede reconocer al Diablo es que siempre pone las cosas muy fáciles.

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 La maldición de Guarneri – David González (Aye)

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