Delirante Conmoción – Diana Sierra

Visual Supply.co

Fotografía por Visual Supply.co

Desperté, el aire se sentía húmedo, el ambiente era aséptico. Sólo la resplandeciente luz lunar bañaba con sutileza, fragmentos de mi lúgubre prisión. Estaba desorientada, mi mente divagaba constantemente y en los escasos minutos que llevaba de lucidez, las reminiscencias de mi noche anterior, o semana anterior (el tiempo ahora era mi enemigo y mi mayor preocupación), me golpeaban fuertemente al visualizar imágenes que continuamente se reproducían en mi mente y realmente no tenía idea alguna de cuándo, cómo y dónde las había obtenido y guardado en mi memoria.

Temblaba, el frío inclemente de la noche comenzaba a calar en lo más profundo de mis huesos, como si rasgara mis vestiduras y me dejara desnuda y expuesta en medio de la gélida noche. Sin embargo, lo único que se estaba develando totalmente en aquella habitación era mi alma; a causa del monólogo interno cuestionándome acerca de los hechos acontecidos que me condujeron a esta situación; el cual se ejecutaba constantemente cuando comenzaba a divagar de nuevo y perdía la concentración que había logrado reunir para elaborar un plan de escape.

Presa del pánico comencé a caminar de un lado a otro en la habitación, pasando algunos minutos de recorrido situada bajo el amparo del sobrecogedor reflejo de la diosa de los cielos.

Después de muchas cavilaciones en busca de respuestas, la conclusión siempre era que no sabía porqué me encontraba aquí, no entendía que había sucedido anteriormente, ya que las oleadas de recuerdos no ofrecían mucha información, y peor aún, era que escasamente recordaba mi nombre y quien era en su sentido más simple, puesto que las dudas filosóficas de mi existencia siempre habían conseguido desvelarme noches enteras sin poder encontrar una respuesta lógica o concreta.

La única pista que tenía acerca de mi situación era la manilla blanca en mi muñeca derecha, con una inscripción que decía: “Desorientación a causa de la pérdida de la ilusión”.

Pero… ¿Qué diablos?, me pregunté en voz alta con una expresión de desconcierto. ¿Desde cuándo esto era considerado un síntoma para merecer reclusión? La única explicación para tal embrollo, era que en medio de esa “pérdida de la ilusión” hubiera atacado a alguien o a mi misma y ahora me encontrara en aislamiento, considerada como una persona sumamente peligrosa. Sin embargo, algo similar a esto no aparecía en los fragmentos de los recuerdos al parecer vividos o tal vez soñados que cruzaban fugazmente por mi memoria como una lluvia de estrellas surcando el firmamento. Aunque… Era imposible asegurar algo o emitir un juicio sobre la veracidad de los acontecimientos solo confiando en mis principios, teniendo en cuenta que no era mucho lo que recordaba y la única información provenía de imágenes inconexas que no sabía si eran reales.

Debía encontrar qué hacer, como huir, a donde recurrir. Con cada segundo que se desvanecía al compás del reloj que corría, el monstruo de la desesperación empezaba a emerger desde mi interior, sintiendo una presión en mi pecho, exactamente donde se encontraba mi corazón, subía rápidamente hasta mi cabeza y se extendía por todo mi cuerpo. Sentía como recorría enérgicamente mi médula espinal. ¿Era este monstruo haciéndose con todo el control y el poder de mi cuerpo, o era yo misma sucumbiendo ante él por el afán de encontrar respuestas por disparatadas que fueran? Lo importante era salir de esta confusión y abandonar este desasosiego que me estaba impidiendo controlar el orden cronológico de mis memorias, incluso, clasificarlas entre reales e irreales para armar el gran puzle en que se había convertido mi mente, ahora, tan llena de lagunas y desazón.

Un terrible dolor me atravesaba como un afilado cuchillo, haciendo que me doblara en dos cayendo de rodillas al suelo. Inmediatamente me llevé las manos al pecho, el lugar de donde provenía tan punzante agonía, y noté como estas se iban cubriendo de una sustancia oscura y viscosa, la cual rápidamente iba manchando el inmaculado camisón blanco que llevaba encima. Me acerqué a rastras al lugar donde la magnificente luna replicaba en el suelo de hormigón, la mándala diseñada en el tragaluz del techo.

Era obvio que Danu (la diosa de la luna) no recurriría a salvar de sí misma y de sus demonios internos a esta simple mortal que sentía como lentamente se iba desangrando, como si una daga se hubiera clavado tan profundamente dentro de su pecho. Tenía que sacar fuerzas de donde no las tenía para gritar, aun sin saber si alguien podría escucharme.

Justo cuando iba a gritar, mi voz se vio ahogada por otra desesperante reminiscencia. Este era un claro y definido flashback. Me encontraba bajo un cielo estrellado en un hermoso campo abierto durante una noche veraniega. Llevaba unas rosas azules con pequeños cristales acuosos resbalando de sus pétalos. Me encontraba sola, sin embargo dentro de mi yacía tal sentimiento de júbilo y serenidad que me permitía atentar contra las leyes de la gravedad, me abandoné a este sentimiento experimentando como flotaba, como si fuera directo a alcanzar uno de aquellos resplandecientes diamantes que decoraban la bóveda celeste, y que en compañía de la luna embargaban mi cuerpo de una desbordante y delirante sensación de felicidad. Me sentía ingrávida y colmada de una nueva energía que daba dirección a mis pensamientos. En aquel instante apareció una oscura figura, la cual me hacía aterrizar y colocar los pies en suelo firme. Su sola presencia causaba revuelo en mi mente. Sin embargo no temía, realmente sentía como mi corazón, similar a una caja de Pandora, dejaba escapar todos mis demonios en forma de miedo y se abandonaba a la placentera sensación que producía su presencia. Su rostro oculto entre las sombras era irreconocible, pero sin pensarlo dos veces, mi yo del pasado, esa que había quedado enfrascada en aquel recuerdo y prisionera de este, corría directamente hacia este extraño y misterioso hombre y se lanzaba directamente a sus brazos. Justo antes de que este sostuviera a aquella chica desbordante de ilusión, aquella que en este momento se me hacia imposible reconocer como si fuera yo en un pasado, puesto que ahora mismo solo me sentía rota y vacía, de nuevo una sensación de un dolor exasperante se instaló en mi corazón. El recuerdo se difuminaba mientras yo intentaba con todas mis fuerzas aferrarme inútilmente a el, pero se escurrió de mis manos dejando mi mente completamente en blanco.

En un principio, desorientada de nuevo, pensé que había caído, pero era realmente absurdo creer que podía sentir en este instante lo mismo que experimentaba en el recuerdo. No pude saber que sucedió con ella, o conmigo realmente, si había caído o si aquel enigmático hombre lograba sostenerla, sostenerme en sus brazos evitando así el impacto. No obstante, aquello que sí descubrí, fue que el dolor proveniente de mi pecho era debido a una cortada que tenía en él. El hilo de una sutura se iba desprendiendo lentamente con cada movimiento que daba, con sólo respirar. Y, la cicatriz que se estaba formando, dejaba de ser eso para convertirse en un agujero sangrante como sí mis temores escaparan de esta manera.

Grité, grité hasta el cansancio esperando que alguien llegara a socorrerme. Justo cuándo estaba por dejarme ir, abandonarme a los designios de la fría, pálida, sombría pero en este momento dulce y anhelada muerte, escuché como se abría súbitamente una puerta, al parecer, la de la prisión en la cual me encontraba.

Llegue a pensar antes de que alguien me levantara del suelo en sus brazos, que ya no quedaba ni una gota de sangre en mi interior.

Nuevamente una serie de imágenes inconexas aparecieron en mi mente, como una represa amenazando desbordarse, y lo hizo, porque me ahogué en ellas.

Un abrazo, una caricia, sonrisas, alegría, dulzura, ojos de un azul tan intenso como el océano, más rosas azules, la luna, búhos, el día, la noche, primavera, verano, el mismo prado, gotas de lluvia sobre mi rostro, una intensa mirada, esos penetrantes ojos, sus ojos, mis ojos, una sonrisa, esos hoyuelos, mi cara empapada por la cálida lluvia, una inesperada lluvia, una caricia y finalmente un beso, largo y dulce beso, intenso y feroz. Y al final… la nada, un telón oscuro tan vació como yo ahora.

Quizá sólo deliraba, un efecto secundario de estar muriendo por una herida abierta en mi corazón que se desangraba. Un fragmento más de aquel rompecabezas que ya ni se cuanto tiempo llevaba intentando armar.

Oía como dos personas gritaban, lo sabía por el tono de sus voces, escuchaba como moriría, como viviría, como sanaría, pero no hablaban de heridas superficiales y, constantemente, se remitían a la “desorientación a causa de la pérdida de la ilusión”. No sabía a donde me llevaban y hablaban de mi cómo sí no estuviera allí, o cómo si fuera una demente, cómo si a partir de ese momento mi existencia se convirtiera en un constante delirio. ¿Pero cómo culparlos? Ni yo sabía que había sucedido, ni mucho menos porqué. Extrañamente ya ni podía recordar quien era, de donde provenía. Tenía la mente tan nublada que lo único que recordaba era el sabor de sus labios sobre los míos, la calidez de la lluvia, el olor de las flores. Y también, el frío de la muerte, el olor de la putrefacción, el sabor del dolor e inexplicamente; la traición.
Lentamente, sin fuerzas para luchar abandoné toda posibilidad de vivir, y así, nuevamente el telón se abrió, la función continuó, mas piezas para aquel puzle.

Una figura, yo. Un callejón, un olor, sentimientos encontrados. Una luz, resplandeciente y cegadora luz. Un paisaje en blanco que poco a poco se iba tiñendo de colores, dibujando aquel prado en diferentes estaciones. Llegó el invierno, la primavera, el verano, eran los mismos labios, las mismas rosas, los mismos besos, los mismos cuerpos fundiéndose entre ellos con los búhos ululando y la luna iluminándolos. El sitio de encuentro de dos amantes dibujado con infinidad de colores y matices. Alcanzaba a reconocer mi yo del pasado con aquel chico enigmático. Hasta que el invierno llegó nuevamente y aquella infinidad de colores se desvanecieron. El paisaje se tornó gris, el amor se convirtió en dolor, desasosiego, odio, traición. Ya eran otros labios, otra sonrisa, otro cuerpo, otros ojos, ya no era yo, pero eran las mismas flores, la misma luna, los mismos búhos, la misma lluvia, el mismo maldito escenario inundado de fantasías y promesas de amor. Finalmente, una solitaria figura contemplando desde la distancia aquella ajena felicidad, yo, en un oscuro y estrecho callejón, muriendo bajo la luz de esa luna que antes contempló la vitalidad contenida en este cuerpo, este alma, esta mente. Caían gotas de lluvia que se mezclaban con la sangre, el dolor y la traición. Una efímera historia de lo que fue un falso amor. Recuerdos llenando las lagunas de mi mente como el agua a una vertiente. Ahora tan nítidos. “Desorientación a causa de la pérdida de la ilusión” pero claro, que podía desorientar más que el amor, el más bello de los hechizos y el más nefasto de los maleficios. 
Y así sin más la función acabó por completo. Un amargo felices por siempre, jamás.

Instintivamente llevé la mano a mi corazón. La herida no sangraba, la sutura estaba de nuevo protegiendo con finas puntadas el vacío en mi interior. Tomé con decisión los hilos, los halé con determinación. No salió sangre, no pasaba nada a diferencia de que me estaba partiendo en dos por un inigualable dolor, pero no había nada, ya mi pecho no sangraba, estaba vacío porque habían robado la ilusión. Ese dolor era la ilusión que llaman amor escapando de mi corazón.
Y ya no sentía, no entendía, no sabía si me había librado del dolor, si estaba viviendo o muriendo, si estaba soñando o sucediendo.

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Delirante Conmoción – Diana Sierra

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